Gredos, un cielo para ser visitado

El cielo, en nuestro lenguaje, es el lugar ocupado tanto por astros como por divinidades y almas, aunque ciertamente la ubicación de estas últimas no está muy clara. Situar el Infierno sería fácil, imaginarlo no tanto, porque, aunque solemos situarlo debajo de la superficie terrestre y suponemos que allí hace calor, no tenemos idea de qué tipo de objetos hay en él. En cambio, la observación del firmamento invita a recrear con los astros todo tipo de figuras mitológicas, a examinar sus movimientos e interpretarlos de manera matemática, lo que ha hecho de la Astronomía la más antigua de las ciencias.

Cuando añadimos al cielo el adjetivo “oscuro” hablamos de un concepto completamente nuevo, el del firmamento para ser contemplado. Lo novedoso no está en contemplar el firmamento, que ya se hace desde siempre, sino en incorporar a la noche la ausencia de contaminación lumínica, porque ésta nos priva de la observación prístina, del mismo modo que la contaminación acústica nos priva de la paz del silencio. En este sentido la Fundación Starlight (https://www.fundacionstarlight.org/) ha
realizado un trabajo pionero calificando los cielos de diversas áreas como idóneos para la observación de los astros. La idoneidad se determina, además de por la ausencia de contaminación lumínica, por otros factores relativos a las condiciones atmosféricas del lugar. Esto tampoco es nuevo, ya que esos mismos criterios se usan para optimizar la ubicación de telescopios. Sin embargo, la novedad está en el concepto de “cielo oscuro” como bien común, del que todo el mundo puede disfrutar, de modo
equiparable a cualquier otro aspecto de la naturaleza.

El Parque Regional de la Sierra de Gredos ha conseguido en noviembre de 2020 la certificación de Reserva Starlight, que es la máxima que otorga dicha Fundación y a la que ha llegado tras haber mantenido la de Destino Turístico Starlight desde 2013.

Este reconocimiento nos ha impulsado a Fotografía cicumpolar del cielo de Gredos, emprender, con este artículo, la tarea de persuadir al lector de que es posible disfrutar del panorama celeste, sin necesidad de grandes conocimientos científicos, o de disponer de un equipo sofisticado. Para ello, le invitamos a acompañarnos en un recorrido por algunos de los hitos que han marcado el desarrollo de la Astronomía y a interpretarlos observando el cielo desde Gredos.

Observar un cielo oscuro y transparente no ha sido posible hasta la última década del siglo pasado, cuando la NASA puso en funcionamiento el telescopio Hubble fuera de la atmósfera. Las imágenes recogidas por éste abren el telón de una noche oscura en la que empiezan a aparecer galaxias formadas al principio de los tiempos, tal como si viésemos el fondo marino al vaciar los océanos. Pero esto es comenzar la historia por el final. La observación del cielo nocturno desde la Antigüedad, con los
instrumentos que en cada momento estaban al alcance, ha sido la ventana que, paso a paso, nos ha llevado a nuestra concepción actual del Universo. Algunas de las claves que han marcado los hitos de esta evolución siguen ahí, y podemos apreciarlas observando el cielo limpio y calmo a simple vista.

La primera percepción del universo es la geocéntrica, lo que no es de extrañar. De hecho, cuando pensamos en nosotros mismos lo hacemos como seres en reposo, de modo que vemos moverse a los objetos que nos rodean a nuestro paso. Desde una tierra plana, observando las estrellas a lo largo de la noche, podemos apreciar cómo describen círculos en torno a la Estrella Polar, que permanece fija. En este escenario podemos imaginar todos esos objetos colocados en una bóveda celeste que gira a
nuestro alrededor. Solo unos pocos astros crean problemas: las estrellas errantes, que hoy conocemos como planetas. Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno se observan a simple vista, y es fácil percibir que no brillan como las estrellas y que tampoco se mueven como éstas. ¿Por qué preocuparse de estas cinco excepciones? Bueno, parece que a los científicos las excepciones no les dejan dormir, lo que en este caso es una clara ventaja: supone disponer de largas noches para mirar el cielo oscu-
ro. De hecho, hasta que Galileo incorpora el telescopio a la observación astronómica, hacia 1609, el “insomnio” era lo único necesario, ya que todas las observaciones se hacían a simple vista. Con este elemental método Nicolás Copérnico ya dispuso de suficientes datos para proponer una explicación de las órbitas de los astros “díscolos”, sugiriendo hacia 1543 un modelo heliocéntrico del movimiento planetario, que provocó una de las revoluciones científicas más importantes de nuestra civilización.

Pocos años después, las medidas de Tycho Brahe, noble danés obsesionado con la observación del cielo, permitirían a Johannes Kepler establecer sus famosas leyes, con las que el movimiento planetario se explica como un mecanismo de relojería. Tycho Brahe murió en 1601 sin haber disfrutado de un telescopio y sin saber que sus ingeniosas medidas de la posición de los planetas permitían hablar de órbitas elípticas, calcular distancias de planetas al Sol y saber con precisión dónde estaba cada plane-
ta en cada momento. Kepler publicó sus leyes en 1609, el mismo año en que Galileo comenzó a utilizar un telescopio. Con sus observaciones el movimiento de los planetas alrededor del Sol resultaba tan obvio, que es fácil entender la frase “Eppur si muove” (“Sin embargo se mueve”) que se le atribuye, pronunciada después de que el tribunal eclesiástico le obligase a retractarse de comunicar la evidencia del movimiento heliocéntrico de la Tierra que observaba a través de su telescopio.

Aun a simple vista, el cielo de Gredos nos invita a recrear todas estas observaciones primigenias, pero certeras. El espectáculo de la conjunción de Júpiter y Saturno el pasado mes de diciembre sería muy difícil de explicar con órbitas planetarias geocéntricas. En cambio, nuestra imagen de planetas girando alrededor del Sol nos permite entender por qué podemos ver a Saturno a la derecha de Júpiter el 1 de diciembre y que aparezca a su izquierda al terminar el mes, o por qué nunca podemos ver a Venus
o Mercurio en mitad de la noche. Unos sencillos prismáticos son el equivalente actual del telescopio que usó Galileo para descubrir las lunas de Júpiter, o para observar las montañas de la Luna. Sin más que un cielo claro, podemos disfrutar del mismo espectáculo, e imaginar a Galileo diciendo “Eppur si muove” e invitándonos a mirar por su telescopio.

Más allá de las ideas fantásticas sobre las fuerzas y seres misteriosos que se ocultan en el firmamento, la interpretación científica de los objetos que en éste se observan es la base de la Cosmología, es decir, al estudio del Universo en su conjunto. La imagen del universo medieval era la de una serie de siete esferas concéntricas con una Tierra plana en el centro, desde la que se disfrutaba del paso de las estrellas ordenadas en constelaciones. El Quijote, en el capítulo XLI de la segunda parte, presenta el viaje de Don Quijote y Sancho por este cielo “medieval” a lomos de Clavileño el Alígero, aunque también es posible que antes de su muerte en 1616 Cervantes ya hubiera oído hablar del sistema heliocéntrico, porque con el telescopio pasaba de ser una teoría a algo observable de manera manifiesta. Si bien este sistema solo explica el movimiento de los planetas alrededor del Sol, ya coloca la Tierra fuera de la bóveda celeste, al mismo nivel de otros planetas, y sitúa al Sol como una de las muchas estrellas del
firmamento. Sin embargo, más allá del abandono del Geocentrismo, la incorporación del método experimental de Galileo a la ciencia ha hecho que el concepto del Universo evolucione a medida que el avance tecnológico amplía las posibilidades de experimentación.

El siguiente paso hacia nuestra concepción actual del universo será entender el Sol en el contexto de una galaxia. Serán necesarios varios siglos de observación del cielo oscuro y las técnicas de observación del siglo XX para conseguirlo. Por ahora, detengámonos un momento bajo un cielo despejado y oscuro en el que la Vía Láctea pueda divisarse con todo su esplendor. Resulta difícil imaginar que lo que se percibe es el efecto óptico de un disco poblado por estrellas visto desde dentro.

Sin embargo, en 1750 el astrónomo Thomas Wright ya lo describió así en su libro An original theory or new hypothesis of the Universe (Una teoría original o una nueva hipótesis sobre el Universo). Esta idea llevó a pensar en el Universo como estrellas ordenadas en una galaxia, y hasta en la posibilidad de que existiesen varias galaxias, pues filósofos como Immanuel Kant pensaban que algunos objetos tenues del cielo nocturno podrían ser otras galaxias muy lejanas. Sin embargo, esta hipótesis tuvo que esperar hasta el siglo XX para poder ser confirmada. Mientras tanto, volvamos a una noche despejada bajo el cielo de Gredos. Con la ayuda de un telescopio no muy potente ya se pueden observar algunos objetos tenues, de aspecto parecido a la estela del cometa Neowise, que pudo divisarse el año pasado.

Hay cometas espectaculares, y a largo de nuestra vida podemos disfrutar del paso de algunos, como el Haley en 1986 y el Hale-Bopp en 1997. Sin embargo, los más frecuentes se parecen más al Neowise, y su aspecto es similar al de otros objetos tenues que durante mucho tiempo no se supo cómo interpretar. En 1776 el astrónomo Charles Messier, en

su obra Catálogo de Nebulosas y Cúmulos Estelares, elaboró un listado con muchos de ellos, a los que se conoce como “Objetos Messier”, precisamente para marcar su posición fija y evitar confundirlos con los cometas, que son móviles. Hoy en día sabemos que muchos de ellos son remanentes de estrellas a las que llamamos “nebulosas”. También sabemos que están formados por polvo iluminado poruna estrella en su interior, y que se sitúan en el plano galáctico. Otros, denominados “cúmulos globu-
lares”, están formados por grupos de estrellas fuera del plano galáctico. Sin embargo, a principios del siglo XX, gracias a los avances en la Astronomía y los grandes telescopios, se descubrió que varios de los Objetos Messier estaban fuera de la Vía Láctea y que serían otras galaxias similares a ella.

Aunque lo que vemos en el cielo no ha cambiado mucho desde que contamos con datos sobre su observación, a lo largo del siglo XX los avances científicos han permito imaginar de otra manera lo que vemos en él. Uno de los descubrimientos más brillantes se debe a la astrónoma Henrietta Swan Leavitt, cuyo estudio de un tipo de estrellas variables llamadas “ceféas”, publicado en 1912, permite la medición de distancias mayores de los cientos de miles de años luz, con lo cual se puede estimar el diámetro de la Vía Láctea (aproximadamente 200000 años luz) y comenzar a preguntarse:

¿Es la Vía Láctea todo el Universo o hay otras galaxias similares?

La discusión nos devuelve a los Objetos Messier. El astrónomo Edwin Hubble había clasificado algunos de ellos como nebulosas, que se pueden entender como remanentes de estrellas. Sin embargo, en el Objeto Messier 32, abreviado normalmente como M32, Hubble identificó una de estas ceféas y estimó que su distancia de la Tierra es de más del millón de años luz, por tanto, está fuera de nuestra galaxia y tendría unas dimensiones comparables con ésta. Con ello, a partir de 1924 quedaba claro que en el Universo hay muchas galaxias similares a la nuestra. Además, el propio Hubble estableció la ley que lleva su nombre, y que pone de manifiesto la expansión del Universo. La Ley Hubble es uno de los pilares de la Cosmología actual, junto con la teoría de la relatividad general y la existencia de la radiación de fondo de microondas. Curiosamente, aunque los objetos visibles han sido la ventana para nuestra percepción del Universo, hoy sabemos que suponen menos del 5% en el balance energético de éste. Sorprende pensar que a esas conclusiones se ha llegado a partir de la observación de objetos que están a nuestro alcance, como el 31 del catálogo Messier, conocido como M31, o galaxia de Andrómeda, porque se puede localizar a partir de esa constelación. Es el objeto más lejano que podemos ver a simple vista, o mejor, con la ayuda de unos prismáticos. Se encuentra a 2,5 millones de años luz y su diámetro es similar al de nuestra galaxia.

Un buen objetivo para salir a observar el cielo es la localización de los objetos Messier.

Como son muy tenues, necesitamos un cielo oscuro y limpio. El cielo oscuro podemos encontrarlo eligiendo días sin luna y, sobre todo, un espacio libre del resplandor de las luces urbanas.

La siguiente revolución de la Astronomía es muy reciente. Entre la última década del siglo XX y las primeras del XXI se ha conseguido hacer numerosas observaciones con telescopios y satélites situados fuera de la atmósfera. Esto es casi equivalente a “drenar los océanos” para ver su fondo. Por ejemplo, el telescopio Hubble nos ha enviado imágenes espectaculares del espacio profundo, en las que se pueden observar cúmulos de galaxias y muchas otras señales que han cambiado nuestra percepción del Cosmos. Del mismo modo que desde los tiempos de Galileo la gente tuvo que familiarizarse con términos tales como “órbitas de planetas”, “distancias al Sol”, etc., ahora la interpretación de estas imágenes está popularizando los conceptos de “energía oscura” y “materia oscura” como constituyentes mayoritarios del Universo.

Con o sin telescopio, siempre que observamos el cielo desde la tierra va ser dentro de la atmósfera. De manera similar a como se aprecian los objetos dentro del agua clara, podemos suponer que donde encontremos una atmósfera transparente y limpia podremos ver mejor el cielo. En este sentido, en 2007, promovida por el Instituto Astrofísico de Canarias, se realizó la “Declaración sobre la Defensa del Cielo Nocturno y el Derecho a la Luz de las Estrellas” (Declaración de La Palma o Declaración Star-
light) y se creó la Fundación Starlight, cuyo objetivo es establecer las pautas para la defensa del cielo limpio y su disfrute por toda la sociedad. Una de sus acciones ha sido el establecer la Certificación Starlight, en la que se establecen los criterios para calificar el cielo de una determinada zona como idóneo para la observación estelar y se dan las pautas para su valoración como bien común, del mismo modo que años atrás se intentó preservar la naturaleza con la creación de la figura de los parques naturales.

En poco tiempo, gracias a esta idea, ha aumentado el interés por la observación del cielo, y ya podemos hablar, no solo de “turismo de estrellas”, sino también de un reconocimiento y valoración del cielo de muchas zonas como un bien común que hay que preservar. Del mismo modo que se protege un parque natural o un conjunto histórico, las certificaciones Starlight atribuyen a las zonas con condiciones apropiadas para la observación del cielo un valor que requiere protección. Esto impli-
ca su catalogación, pautas para su conservación y también la elaboración de una interpretación que permita el disfrute y enriquecimiento cultural de sus visitantes. En el caso del centro histórico de una ciudad es fácil entender que la declaración de Bien de Interés Cultural implica reconocer su valor histórico, el compromiso de su conservación y hacer a los visitantes partícipes de ese valor artístico e histórico mediante la apropiada señalización. La valoración del cielo busca la misma finalidad. La aportación cultural viene, en este caso, desde el lado científico.
Por ejemplo, la observación del cielo permite al visitante comprender la evolución de la ciencia siguiendo los mismos hitos que Galileo o Kepler. Del mismo modo que no es preciso ser un historiaor para disfrutar del valor histórico de un lugar, tampoco es necesario disponer de una formación científica para disfrutar del paisaje del
cielo nocturno, basta estar en el lugar adecuado y dejarnos llevar por la capacidad de observación y curiosidad de la que todos estamos dotados.

El Parque Natural de Gredos un cielo Starlight.

El Parque Natural de Gredos ha recibido la certificación óptima de la Fundación Starlight, la de Reserva Starlight. Sin necesidad de entrar en detalles técnicos, podemos entender los requisitos para  que un lugar sea considerado idóneo para contemplar el cielo estrellado:

1) Cielo despejado, esto es, que en la zona considerada haya más de un 50% de noches despejadas.
2) Oscuridad, es decir, que el brillo debido a la iluminación artificial no oculte el de las estrellas.
3) Nitidez, esto quiere decir que se den las condiciones para distinguir objetos celestes muy cercanos entre sí, por ejemplo, estrellas dobles.
4) Transparencia. A mayor transparencia se consigue observar objetos más tenues y, por tanto, ver un número mayor.

La denominación implica también ciertos compromisos de los municipios integrados en el parque, relativos a su iluminación y nivel de contaminación lumínica. Afortunadamente, gracias a las nuevas tecnologías, la modernización de las luminarias, además de disminuir la contaminación lumínica, puede incluso suponer un ahorro en el gasto energético.

El último ingrediente del paralelismo con los lugares de interés histórico sería la guía interpretativa que permita la interacción con los visitantes. En este caso, quizá se requiera una aproximación distinta, pero no más compleja. El primer nivel, que sería equivalente a los “carteles explicativos del cielo”, lo constituyen los miradores  estelares dispuestos en muchos de los municipios del parque. Muchos de ellos tienen una ubicación privilegiada y son un buen punto de reunión y referencia para
disfrutar de las vistas nocturnas. Algunas asociaciones de aficionados a la Astronomía de la zona organizan regularmente observaciones y charlas para invitar a los lugareños a disfrutar del cielo. A simple vista se pueden localizar algunos de los objetos fácilmente identificables, para lo que se puede contar con la ayuda de un mapa del cielo, generado para el lugar y el momento de la observación. Esto puede hacerse a través de la WEB del Observatorio Astronómico Nacional (OAN): http://www.
oan.es/servidorEfem/index.php o con alguna de las aplicaciones disponibles para teléfonos móviles.

También La Guía del Cielo, publicación anual editada por PROCIVEL, es ideal para principiantes: sencilla, completa y económica. Un segundo nivel serían las visitas guiadas, para lo que se requiere la formación y acreditación del personal adecuado, tal como ocurre con las visitas guiadas a monumentos. A tal efecto, la Fundación Starlight organiza cursos que ya han permitido acreditarse como guías a algunas personas de la zona.

Si conseguimos seguir ampliando el número de niveles de observación del cielo… ¿acaso lleguemos a superar las siete esferas del universo medieval? Hemos avanzado, pero… ¡aún no contamos con un servicio de alquiler de “Clavileños” para circular por ellas! No obstante, gracias a las inversiones públicas de algunos municipios y a las inversiones privadas por parte de algunos hosteleros, está siendo posible ofrecer al público la visión del cielo a través de telescopios de distintos tipos. Para muchas personas el observar detalles de objetos astronómicos no visibles a simple vista supone una gran experiencia, para otros aficionados puede servir de orientación antes de comprar un equipo sofisticado.

Un buen objetivo para observar el cielo a este nivel es la visualización de planetas y algunos de los objetos Messier.
En definitiva, a cualquiera de los niveles que se observe el cielo de Gredos, su contemplación es un complemento extraordinario al valor natural de su paisaje. Invitamos a los lectores a que lo aprecien con sus propios ojos.